el que nos guarecíamos crujía bajo el fuego. Los turcos, sabiendo que estábamos allí, habían volcado sobre él veinte ametralladoras. Tenía cuatro pies de alto y cincuenta de largo, de costillas de pedernal desnudo, contra las que las balas chasqueaban ensordecedoramente: mientras que el aire por encima zumbaba o silbaba con rebotes y esquirlas de tal modo que asomarse parecía la muerte. Era evidente que debíamos marchar muy pronto, y como no tenía caballo me fui el primero, con la promesa de Metaab de que esperaría donde estaba, si se atrevía, otros diez minutos.
La carrera me dio calor. Conté mis pasos para ayudar a ubicar a los turcos cuando nos echaran, puesto que solo había una posición para ellos y estaba mal protegida por el sur.
Al perder esta cresta de Motalga probablemente ganaríamos la batalla.
Los jinetes resistieron casi sus diez minutos y luego se alejaron al galope ilesos. Metaab me prestó su estribo para apresurarme, hasta que nos hallamos sin aliento entre los ageyl. Era mediodía exacto, y teníamos tiempo libre y tranquilidad para pensar.
Nuestra nueva cresta estaba a unos cuarenta pies de altura, y tenía una buena forma para la defensa. Teníamos en ella a ochenta hombres, y seguían llegando más continuamente. Mis guardias estaban en sus puestos con su fusil; Lutfi, un destructor de locomotoras, subió corriendo acalorado con los suyos, y tras él llegaron otros cien ageyl. La cosa se estaba convirtiendo en un día de campo, y al decir «excelente» y mostrar un júbilo exagerado, desconcertamos a los hombres y los hicimos considerar la posición con desapasionamiento. Las ametralladoras se colocaron en la línea del horizonte, con la orden de disparar ocasionalmente, ráfagas cortas, para molestar un poco a los