alimento para camellos. Corrimos por todas partes arrancando de raíz estos arbustos amargos y amontonándolos en una gran pira, que Auda encendió. Cuando el fuego se intensificó, una serpiente negra y larga se deslizó lentamente en busca de nuestro grupo; debíamos de haberla cogido, aletargada, junto con las ramas. Las llamas proyectaron su brillo sobre la llanura oscura, a modo de faro para los pesados camellos que se habían retrasado tanto ese día que pasaron dos horas hasta que llegó el último grupo, con los hombres cantando a voz en grito, en parte para animarse a sí mismos y a sus hambrientos animales a través de la llanura fantasmal, en parte para que supiéramos que eran amigos. Deseábamos que su lentitud fuera aún mayor, a causa de nuestro cálido fuego.
Por la noche algunos de nuestros camellos se extraviaron y nuestra gente tuvo que ir a buscarlos durante tanto tiempo que eran casi las ocho, y habíamos horneado pan y comido, antes de ponernos en marcha de nuevo.
Nuestro camino atravesaba más campo de lava, pero para nuestras fuerzas mañaneras las piedras parecían más escasas, y las ondas o superficies duras de arena depositada a menudo las ahogaban suavemente con una cubierta tan buena para marchar como una pista de tenis.
Cabalgamos rápido sobre esto durante seis o siete millas, y luego torcimos al oeste de un bajo cráter de escoria a través de la cuenca hidrográfica plana, oscura y pedregosa que dividía Jizil de la cuenca por la que corría el ferrocarril.
Estos grandes sistemas de agua aquí arriba, en su nacimiento, eran lechos poco profundos y arenosos, que trazaban líneas amarillas enmarañadas a través de la llanura azul negruzca. Desde nuestra altura, la disposición del terreno era evidente durante millas, con los accidentes principales coloreados en capas, como en un mapa.