Lo demás fue fácil. De oficial de suministros tendríamos a Goslett, el hombre de negocios londinense que había convertido el caótico Wejh en un lugar estirado. Los aeroplanos aún no se podían mover; pero los coches blindados podrían venir enseguida, y un buque guardacostas si el Almirante se mostraba generoso. Llamamos por teléfono a Sir Rosslyn Wemyss, que se mostró muy generoso: su buque insignia, el Euryalus, se quedaría allí las primeras semanas.
Genio, esto fue, pues en Arabia los barcos se estimaban por el número de chimeneas, y el Euryalus, con cuatro, era excepcional entre los barcos. Su gran reputación aseguró a las montañas que nosotros éramos sin duda el bando ganador: y su enorme tripulación, por sugerencia de Everard Feilding, por diversión nos construyó un buen muelle.
Por la parte árabe, pedí que se cerrara la costosa y difícil Wejh, y que Faysal viniera a Ácaba con todo su ejército. Una exigencia repentina, según pareció en El Cairo. Así que fui más lejos, señalando que el sector de Yenbo-Medina también se había vuelto obsoleto, y aconsejé el traslado a Ácaba de los suministros, el dinero y los oficiales dedicados hasta entonces a Alí y Abdalá. Se dictaminó que esto era imposible. Pero se me concedió en forma de compromiso mi deseo respecto a Wejh.
Entonces demostré que Áqaba era el flanco derecho de Allenby, a tan solo cien millas de su centro, pero a ochocientas millas de La Meca. A medida que los árabes prosperaran, su labor se desarrollaría cada vez más en la esfera de Palestina. Así pues, era lógico que Faysal fuera trasladado de la zona del rey Husein para convertirse en comandante de ejército de la expedición aliada de Egipto bajo las órdenes de Allenby.
Esta idea entrañaba dificultades. > «¿Aceptaría Faysal?» Lo había hablado con él en Wejh meses