Codal
nydus/Seven Pillars of WisdomPublic
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LXXXVII

Duraron uno o dos minutos; pero luego siguió la lluvia, y después de ella más helada, mientras yo permanecía acurrucado en una bola apretada, dolorido por todas partes pero demasiado desgraciado como para moverme, hasta el alba. Fue un alba vacilante, pero suficiente: me revolqué en el fango para ver a mis hombres, hechos un ovillo en sus capas, acobardados y abandonados contra los flancos de las bestias. En el rostro de cada hombre pesaba la más doliente expresión de desesperación resignada.

Eran cuatro sureños, a quienes el miedo al invierno había enfermado en Tafileh, y que iban a descansar en Guweira hasta que volviera el calor; pero aquí, en la niebla, se habían metido en la cabeza, como camellos sementales, que la muerte les sobrevenía: y, aunque eran demasiado orgullosos para quejarse de ello, no les importaba mostrarme en silencio que aquello que hacían por mi causa era un sacrificio.

No hablaron ni se movieron como respuesta.

Bajo un camello caído era mejor encender un fuego lento, para avivarlo; pero cogí al más pequeño de aquellos monigotes por los rizos de la cabeza y le demostré que todavía era capaz de sentir. Los otros se pusieron en pie y levantamos a puntapiés a los camellos entumecidos. Nuestra única pérdida fue un odre de agua, congelado en el suelo.

Con la luz del día el horizonte se había vuelto muy cercano, y vimos que nuestro verdadero camino estaba a un cuarto de milla a nuestra izquierda. Por él avanzamos penosamente a pie. Los camellos estaban demasiado rendidos para soportar nuestro peso (todos excepto el mío murieron más tarde a causa de esta marcha) y había tanto lodo en los fondos de arcilla que nosotros mismos nos resbalábamos y caíamos como ellos.

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