que marchaba en la misma dirección. Era nuestro compañero Matar, que regresaba de su pueblo natal a Azrak con cargas de pasas y manjares campesinos.
Así que nos detuvimos de inmediato, bajo una gran roca en el uadi Dhuleil, donde había una higuera estéril, y cocinamos nuestra primera comida en tres días. Allí también vendamos a Fahad, que estaba adormilado por el desmayo de su grave herida. Adhub, al ver esto, tomó una de las nuevas alfombras de Matar y, doblándola sobre la montura del camello, cosió los extremos en grandes alforjas. En una recostaron a Fahad, mientras que Adhub se metió en la otra como contrapeso; y el camello fue conducido hacia el sur, rumbo a las tiendas de su tribu.
A los demás heridos se les atendió al mismo tiempo. Mifleh trajo a los muchachos más jóvenes del grupo y les hizo rociar las heridas con su pis, a modo de rudimentario antiséptico. Mientras tanto, los sanos nos refrescamos. Compré otro camello sarnoso para tener más carne, pagué gratificaciones, indemnicé a los parientes de los muertos y di dinero de recompensa por los sesenta o setenta fusiles que habíamos capturado. Era un botín escaso, pero no desdeñable. Algunos serahin, que habían entrado en combate sin fusiles, capaces tan solo de arrojar inútiles piedras, tenían ahora dos armas cada uno. Al día siguiente avanzamos hacia Azrak, donde se nos dio una gran bienvenida y presumimos —que Dios nos perdone— de ser los vencedores.