Nos alegraba darles una noche tan fatigosa como la nuestra, pues así ellos también estarían lánguidos por la mañana. Nuestros amigos seguían llegando a cada minuto para besarnos las manos y jurarnos lealtad eterna.
Sus ponis de alambre serpenteaban por nuestro campamento empañado, entre los cientos de hombres durmientes y los camellos inquietos cuyas grandes quijadas ramoneaban toda la noche la hierba ventosa tragada durante las horas del día.
Antes del alba llegaron de Tell Arar las demás piezas de Pisani y el resto de las tropas de Nuri Said. Le habíamos escrito a Joyce que al día siguiente regresaríamos hacia el sur, por Nisib, para cerrar el círculo de Deraa.
Le sugerí que retrocediera directamente a Umtaiye y nos esperara allí; pues este lugar, con su agua abundante, sus espléndidos pastos y su equidistancia respecto a Deraa, el Yebel Druso y el desierto de los Rualla, parecía un sitio ideal para reagruparnos y aguardar noticias de la suerte de Allenby.
Al dominar Umtaiye, prácticamente cortábamos a la cuarta ejército turco allende el Jordán (nuestra presa predilecta) de Damasco, y nos encontrábamos en posición de reanudar rápidamente las demoliciones de nuestras líneas principales tan pronto como el enemigo estuviera a punto de repararlas.