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nydus/Seven Pillars of WisdomPublic
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XCIX

Pues, naturalmente, no pude engañarme por mucho tiempo; pero mi papel estaba tan frívolamente representado que nadie, excepto Joyce, Nesib y Mohammed el Dheilan, pareció percatarse de que estaba actuando. Para el hombre guiado por el instinto, cualquier cosa creída por dos o tres poseía una sanción milagrosa ante la cual la comodidad y la vida individuales podían sacrificarse honradamente. Para el hombre guiado por la razón, las guerras de nacionalidad eran una farsa tan grande como las guerras religiosas, y nada merecía la pena de ser combatido: ni la lucha, el acto de luchar, podía encerrar necesidad alguna de virtud intrínseca. La vida era tan deliberadamente privada que ninguna circunstancia podía justificar que un hombre pusiera manos violentas sobre la de otro: si bien la propia muerte del hombre constituía su último libre albedrío, una gracia salvadora y la medida de un dolor intolerable.

Hicimos que los árabes se pusieran de puntillas para alcanzar nuestro credo, pues conducía a las obras, un país peligroso donde los hombres podían tomar el hecho por la voluntad.

Mi culpa, mi ceguera de liderazgo (ansioso por encontrar un medio rápido de conversión) les permitió esta imagen finita de nuestro fin, que propiamente solo existía en el esfuerzo sin fin hacia una luz imaginada inalcanzable.

Nuestra muchedumbre que buscaba la luz en las cosas era como perros patéticos husmeando alrededor del fuste de una farola. Era yo solo quien servía a lo abstracto, cuyo deber lo llevaba más allá del santuario.

La ironía residía en que yo amaba los objetos antes que la vida o las ideas; la incongruencia, en haber respondido a la llamada contagiosa de la acción, que hacía hincapié en la diversidad de las cosas. Me costó mucho trabajo compaginar el sentimiento y la acción. Había albergado un único

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