Todos se apretaron contra la pared y esperaron inmóviles mientras el enemigo giraba en vano sobre el extraño espectáculo de aquella roca carmesí ceñida por millares de árabes vestidos con galas, anidados como íbices en cada recoveco de su fachada.
El aeroplano arrojó tres bombas, o cuatro bombas, o cinco bombas, según el día de la semana. Sus estallidos de humo denso se posaban sobre la llanura verde salvia de forma compacta, como pastelitos de nata; retorciéndose durante minutos en el aire sin viento antes de disiparse y desvanecerse lentamente.
Aunque sabíamos que no había amenaza en ello, no podíamos evitar contener la respiración cuando el grito de agudo crecimiento de las bombas al caer atravesaba el fuerte estruendo del motor allá arriba.