Peake descendió hacia ella desde el norte, moviendo a sus hombres mediante una continua exposición de su persona; a duras penas, pues no ardían en deseos de honor. Brodie la atacó con su precisión habitual, mientras los aeroplanos daban vueltas a su fría manera para arrojar bombas silbantes en sus trincheras. Los carros blindados avanzaron resoplando humo, y a través de esta bruma una fila de turcos que agitaban objetos blancos salió de su trinchera principal con aire abatido.
Aceleramos nuestros Rolls con afustes; los árabes saltaron sobre sus camellos; los hombres de Peake, ahora audaces, rompieron a correr, y la fuerza convergió frenéticamente hacia la estación. Nuestro coche ganó; y yo me hice con la campana de la estación, una digna pieza de orfebrería de Damasco. El siguiente hombre tomó la picadora de billetes y el tercero el sello de la oficina, mientras los desconcertados turcos nos miraban con una indignación creciente de que su importancia fuera meramente secundaria.
Un minuto después, con un aullido, los beduinos se lanzaron al saqueo más frenético de su historia. Doscientos rifles, ochenta mil cartuchos de munición, muchas bombas, abundante comida y ropa se encontraban en la estación, y todo el mundo destrozó y sacó provecho.
Un camello desdichado aumentó la confusión al activar una de las muchas minas trampas turcas al entrar en el patio. La explosión lo mandó patas arriba y causó el pánico. Creían que Brodie estaba abriendo fuego otra vez.
En la pausa, el oficial egipcio encontró un almacén intacto y puso una guardia de soldados sobre él, porque andaban escasos de comida. Los lobos de Hazaa, aún no saciados, no reconocieron el derecho de los egipcios a repartir por igual. Comenzaron los tiroteos: pero mediante mediación conseguimos que los egipcios eligieran primero las raciones