Dos alzaron cada caldero más pequeño y lo inclinaron, dejando que el líquido salpicara sobre la carne hasta que el cráter de arroz estuvo lleno, y los granos sueltos en el borde nadaron en la abundancia: y aun así vertieron, hasta que, entre gritos de asombro por nuestra parte, estuvo rebosando, y un pequeño charco se cuajaba en el polvo. Ese fue el toque final de esplendor, y el anfitrión nos llamó a venir y comer.
Simulamos sordura, como exigían las buenas maneras: al fin lo oímos y nos miramos con falsa sorpresa, animándose cada cual a que el otro diera el primer paso; hasta que Nasir se levantó con timidez y tras él fuimos todos avanzando para hincar una rodilla en tierra alrededor de la bandeja, apretándonos y acurrucándonos hasta que los veintidós para los que apenas había espacio quedamos agrupados en torno a la comida.
Nos retangamos las mangas derechas hasta el codo y, siguiendo el ejemplo de Nasir con un bajo «En el nombre de Dios, el clemente, el misericordioso», metimos la mano a una.
El primer bocado, para mí al menos, era siempre prudente, ya que la grasa líquida estaba tan caliente que mis dedos inexpertos rara vez podían soportarla: y así jugaba con un trozo de carne expuesto y enfriándose hasta que las excavaciones de los demás habían vaciado mi sector de arroz.
Amasábamos entre los dedos (sin ensuciar la palma), pulidas bolas de arroz, grasa, hígado y carne unidas por una suave presión, y las impulsábamos mediante la palanca del pulgar desde el índice doblado hacia el interior de la boca.
Con el truco y la consistencia adecuados, el pequeño bulto se mantenía unido y se desprendía limpiamente de la mano; pero cuando el exceso de mantequilla y los fragmentos sueltos se quedaban pegados, enfriándose, en los dedos, había que chuparlos con cuidado para que el siguiente intento se deslizara con mayor facilidad.