Metimos los flecos de nuestras vistosas alforjas para evitar que los arbustos los arrancaran, nos apretamos las capas sobre la ropa, inclinamos la cabeza para protegernos los ojos y avanzamos abriéndonos paso a trompicones como una tormenta entre juncos. El polvo era cegador y sofocante, y el chasquido de las ramas, los gruñidos de los camellos, los gritos y las risas de los hombres convirtieron aquello en una gran aventura.
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