El relato de Siria no terminaba en este recuento de razas y religiones dispares. Aparte de la gente del campo, las seis grandes ciudades —Jerusalén, Beirut, Damasco, Homs, Hama y Alepo— eran entidades, cada una con su carácter, rumbo y opinión. La más meridional, Jerusalén, era una ciudad sórdida que toda religión semítica había convertido en sagrada. Cristianos y mahometanos acudían allí en peregrinación a los santuarios de su pasado, y algunos judíos la miraban en busca del futuro político de su raza. Estas fuerzas unidas del pasado y del futuro eran tan fuertes que la ciudad casi carecía de presente. Sus gentes, salvo raras excepciones, carecían de personalidad, como los criados de un hotel, y vivían de la multitud de visitantes de paso. Los ideales de nacionalidad árabe les eran ajenos, aunque la familiaridad con las discrepancias de los cristianos en su momento de más lacerante sensibilidad había llevado a las clases de Jerusalén a despreciarnos a todos.
Beirut era completamente nueva. Habría tenido un aire bastardo, tanto en el sentimiento como en el idioma, de no ser por su puerto griego y su colegio estadounidense.
La opinión pública era la de los mercaderes cristianos, hombres opulentos que vivían del cambio; pues Beirut en sí no producía nada. El siguiente componente en importancia era la clase de emigrantes retornados, felices con sus ahorros invertidos en la ciudad de Siria que más se parecía a aquella Avenida Washington donde habían triunfado.
Beirut era la puerta de Siria, un biombo levantino y cromático por el que penetraban influencias extranjeras baratas o de mercancía defectuosa: representaba a Siria tanto como Soho a los condados del interior.
Sin embargo Beirut, por su posición geográfica, por sus escuelas y por la libertad engendrada por el trato con extranjeros, había albergado antes de