Gran parte de mis actos nacía de esta curiosidad egoísta.
Cuando me encontraba en un círculo nuevo, me embarcaba en pequeños y caprichosos problemas de conducta, observando el impacto de este o aquel enfoque en mis oyentes, tratando al prójimo como a otros tantos blancos para mi ingenio intelectual: hasta que apenas podía distinguir en mí mismo dónde empezaban o terminaban las bromas.
Esta mezquindad contribuía a incomodarme ante los demás, temeroso de que mi capricho me impulsara de repente a coleccionarlos como trofeos de puntería; además, ellos se interesaban por tantas cosas que mi autoconciencia rechazaba.
Hablaban de comida y de enfermedades, de juegos y de placeres, conmigo, que sentía que reconocer que poseíamos cuerpos ya era bastante degradante, como para explayarse además sobre sus debilidades y atributos.
Sentía vergüenza de mí mismo al verlos revolcarse en lo físico, lo cual solo podía ser una glorificación de la cruz del hombre. En verdad, la realidad era que no me gustaba el «yo» que podía ver y oír.