Para los habitantes de la ciudad, este jardín era un recuerdo del mundo antes de que enloqueciéramos con la guerra y nos arrojáramos al desierto; para Auda había una indecencia en la exhibición de tanta riqueza vegetal, y anhelaba un paisaje vacío.
Así que abreviamos nuestra segunda noche en el paraíso y a las dos de la mañana seguimos cañón arriba. Estaba muy oscuro, e incluso las mismas estrellas en el cielo eran incapaces de arrojar luz a las profundidades por donde vagábamos.
Esta noche Auda era el guía, y para que confiáramos en él alzó la voz en un interminable canto «jó, jó, jó» de los howeitat; una epopeya entonada en tres notas graves, de arriba abajo, de atrás a adelante, con una voz tan redonda que las palabras resultaban indistinguibles.
Al poco rato le agradecimos el canto, ya que el sendero se desviaba hacia la izquierda, y nuestra larga fila siguió su giro guiada por los ecos de su voz que rebotaban en los abruptos acantilados negros bajo la luz de la luna.
En este largo viaje, Sherif Nasir y el primo de sonrisa agria de Auda, Mohammed el Dheilan, se esmeraron con mi árabe y me dieron por turno lecciones de la lengua clásica de Medina y del vívido lenguaje del desierto. Al principio, mi árabe había sido un dominio titubeante de los dialectos tribales del Éufrates medio (una forma bastante pura), pero ahora se había convertido en una mezcla fluida de argot del Hiyaz y poesía de las tribus del norte, con palabras y frases cotidianas del transparente Néghed y formas cultas de Siria.