Comencé con la frase introductoria de un relato formal:
«En el nombre de Dios, el misericordioso, el bondadoso. Éramos seis en Wejh. Estaban Auda, Mohammed, Zaal, Gasim el Shimt, Mufaddhi y el pobre hombre (un servidor); y una noche, justo antes del alba, Auda dijo: "Hagamos una incursión contra el mercado". Y dijimos: "En el nombre de Dios". Y fuimos; Auda con una túnica blanca y un pañuelo rojo en la cabeza, y Kasim con sandalias de cuero remendado; Mohammed con una túnica de seda de "los siete reyes" y descalzo; Zaal... olvido cómo iba Zaal. Gasim vestía de algodón, y Mufaddhi llevaba seda de listas azules con un pañuelo bordado en la cabeza. Su servidor iba como su servidor».
Mi pausa seguía debiéndose al asombro. Era esto una fiel parodia del estilo épico de Auda; e imité también su ademán con la mano, su voz redonda y el tono ascendente y descendente con que recalcaba los puntos, o lo que él creía que eran puntos, de sus historias carentes de punto.
Los howeitat se quedaron mudos como la muerte, retorciendo sus fornidos cuerpos dentro de sus camisas endurecidas por el sudor a causa del júbil, y mirando ávidamente a Auda; pues todos reconocían el original, y la parodia era un arte nuevo para ellos y para él. El servidor del café, Mufaddhi, un refugiado shammar prófugo de la culpa de sangre, él mismo todo un personaje, olvidó echar nuevas espinas al fuego por la fijeza con que escuchaba el relato.
Conté cómo dejamos las tiendas, con una lista de las tiendas, y cómo caminamos hacia el pueblo, describiendo cada camello y caballo que vimos, y a todos los transeúntes, y las crestas, > «todas desprovistas de pasto, porque, por Dios, aquel país era estéril. Y marchamos: y tras haber marchado el