Medina, sino que empezaron a ahogar al ejército en torno a Jerusalén, justo cuando la amenaza británica se tornaba formidable.
Mientras tanto, Egipto me había enviado un telegrama. Un aeroplano me llevó al Cuartel General, donde Allenby, mediante la magnificencia de su voluntad, estaba reconstruyendo al deshecho ejército británico. Me preguntó qué significaban nuestros esfuerzos ferroviarios; o mejor dicho, si significaban algo más que la propaganda melodramática que daban a la causa de Feisal.
Expliqué a Medina mi esperanza de dejar la línea funcionando, pero apenas, justamente lo necesario para que el cuerpo de ejército de Fajri se alimentara a menor costo que si estuviera prisionero en El Cairo.
La manera más segura de limitar la línea sin matarla era atacando los trenes. Los árabes ponían en la colocación de minas un entusiasmo ausente en sus meras demoliciones.
Aún no podíamos romper la línea, ya que el extremo de las vías era el punto más fuerte de un ferrocarril, y preferíamos la debilidad en el vecino enemigo más cercano hasta que nuestro ejército regular estuviera entrenado, equipado y fuera lo suficientemente numeroso como para sitiar Maán.
Preguntó por Wadi Musa, porque los mensajes turcos mostraban su intención de atacarlo de inmediato. Le expliqué que habíamos intentado provocar a los turcos para que atacaran Wadi Musa, y estábamos a punto de vernos recompensados con su caída, despistados y confusos, en nuestra trampa.
Andábamos en grupos, no en formación rígida, y sus aeropuertos fallaron al calcularnos. Ningún espía podía contarnos tampoco, ya que ni nosotros mismos teníamos la más mínima idea de nuestra fuerza en un momento dado.