mayores recursos, los beduinos sobre los que debía construirse nuestra guerra, no estaban acostumbrados a las operaciones formales, pero poseían virtudes de movilidad, resistencia, seguridad en sí mismos, conocimiento del terreno y valor inteligente. Con ellos la dispersión era fuerza. En consecuencia, debíamos extender nuestro frente al máximo, para imponer a los turcos la defensa pasiva más larga posible, ya que esa era, materialmente, su forma de guerra más costosa.
Nuestro deber era alcanzar nuestro objetivo con la mayor economía de vidas, ya que la vida era más preciosa para nosotros que el dinero o el tiempo.
Si éramos pacientes y poseíamos una habilidad sobrehumana, podíamos seguir las directrices de Saxe y alcanzar la victoria sin combate, explotando nuestras ventajas matemáticas y psicológicas.
Afortunadamente nuestra debilidad física no era tal como para exigir esto. Éramos más ricos que los turcos en transporte, ametralladoras, automóviles y explosivos de gran potencia. Podíamos desarrollar una fuerza de choque altamente móvil, fuertemente equipada y del menor tamaño posible, para utilizarla sucesivamente en puntos dispersos de la línea turca y obligarles a reforzar sus puestos más allá del mínimo defensivo de veinte hombres.
Esto sería un atajo hacia el éxito.