Codal
nydus/Seven Pillars of WisdomPublic
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XLIV

porque las huellas de mi camello quedarían marcadas en ellos, sirviendo de jalones en el camino de vuelta. Este samh era la harina silvestre de los sherarat; quienes, pobres de todo excepto de ganado camellar, se hacían los remilgados de encontrar que el desierto bastaba para cada una de sus necesidades. Mezclado con dátiles y reblandecido con mantequilla, resultaba un buen alimento.

Las hoyas, pequeñas eras, se hacían apartando los pedernales sobre un círculo de diez pies de diámetro.

Los pedernales, amontonados alrededor del borde de la hoya, la hacían tener unas pocas pulgadas de profundidad, y en este lugar hueco las mujeres recogían y desgranaban la pequeña semilla roja.

Los vientos constantes, que desde entonces barrían sobre ellas, no podían en verdad restituir la superficie de pedernal (eso tal vez lo haría la lluvia en miles de inviernos), pero las habían nivelado con pálida arena soplada, de modo que las hoyas eran ojos grises en la superficie negra y pedregosa.

Había cabalgado durante hora y media, con desahogo, pues la brisa a favor me había permitido quitarme la costra de los ojos rojos y mirar al frente casi sin dolor: cuando vi una figura, o un arbusto grande, o al menos algo negro más adelante. El espejismo cambiante disfrazaba la altura o la distancia; pero esta cosa parecía moverse, un poco al este de nuestro rumbo. Por si acaso, giré la cabeza de mi camello hacia allí, y en pocos minutos vi que era Gasim. Cuando lo llamé, se quedó confuso; me acerqué a caballo y vi que estaba casi ciego y atontado, de pie allí con los brazos extendidos hacia mí y la boca negruzca abierta de par en par. Los Ageyl habían metido nuestra última agua en mi odre, y él la derramó desesperado sobre su cara y su pecho, con prisa por beber. Dejó de parlotear y comenzó a lamentar sus penas.

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