Siempre en el trabajo había tratado de servir, pues el escrutinio de mandar era demasiado visible. La sumisión al orden lograba la economía del pensamiento, ese doloroso, y era una cámara frigorífica para el carácter y la Voluntad, que conducía sin dolor al olvido de la actividad.
Formaba parte de mi fracaso no haber hallado nunca a un jefe que me utilizara. Todos ellos, por incapacidad, timidez o afecto, me concedieron demasiada manga ancha; como si no pudieran ver que la esclavitud voluntaria era el profundo orgullo de un espíritu morboso, y el dolor vicario su más alegre condecoración.
En lugar de esto, me dieron libertad, que yo abusé en una indulgencia insípida. Todo huerto digno de ser robado debe tener un guardián, perros, un muro alto, alambre de espino. ¡Fuera la impunidad sin alegría!
Feisal era un espíritu valiente, débil e ignorante, que intentaba realizar una labor para la cual solo un genio, un profeta o un gran criminal estaban capacitados.
Le serví por lástima, un motivo que nos degradaba a ambos.
Allenby estuvo más cerca de mis ansias de un amo, pero tuve que evitarlo, sin atreverme a inclinarme ante él por miedo a que mostrara pies de barro con esa palabra amistosa que habría de destrozar mi lealtad.
Sin embargo, ¡qué ídolo era aquel hombre para nosotros, prismático con la cualidad pura e independiente de la grandeza, instintivo y compacto de ella!
Había cualidades como el valor que no podían sostenerse por sí solas, sino que debían mezclarse con un medio bueno o malo para manifestarse. La grandeza en Allenby se mostraba de otro modo, por categoría: autosuficiente, una faceta del carácter, no del intelecto.