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nydus/Seven Pillars of WisdomPublic
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XXXIX

Era libre y no deseaba nada para los demás: y solo su jardín para sí mismo. Tampoco veía por qué los demás no habrían de enriquecerse con una frugalidad semejante.

Presumía de que su casquete de fieltro, engrasado con sudor hasta adquirir el color y la consistencia del plomo, había sido de su abuelo, comprado cuando Ibrahim Pachá estuvo en Wejh un siglo antes; su otra prenda necesaria era una camisa, y anualmente, junto con su tabaco, se compraba la camisa de Año Nuevo; una para cada una de sus hijas y otra para la vieja: su mujer.

Aun así le estábamos agradecidos, pues, además de darnos ejemplo de templanza a nosotros, esclavos del apetito innecesario, vendía verduras; y de ellas, y de la generosidad enlatada de Rasim, Abdulla y Mahmud, vivíamos opulentamente.

Todas las tardes, alrededor de las hogueras, había música; no el rugido monótono y de garganta abierta de las tribus, ni la emocionante armonía de los ageyl, sino los cuartos de tono en falsete y los trinos de la Siria urbana. Maulud tenía músicos en su unidad; y cada tarde traían a soldados tímidos para tocar la guitarra y cantar canciones de café de Damasco o los versos de amor de sus pueblos.

En la tienda de Abdulla, donde me alojaba, la distancia, el murmullo del fragante chorro de agua y las hojas de los árboles suavizaban la música, de modo que resultaba tenuemente grata al oído.

Con frecuencia también, Nesib el Bekri sacaba su manuscrito de los cantos de Selim el Jezairi, aquel revolucionario feroz y sin escrúpulos que, en sus ratos libres entre campaña y campaña, la Escuela de Estado Mayor y las sangrientas misiones que cumplía para los Jóvenes Turcos, sus amos,

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