lados daban a extensiones planas de arena, blandas en algunos tramos, desprovistas de cobertura durante millas y sin agua dulce en ninguna parte. A la luz del día, de estar defendidas por artillería y fuego de ametralladora, debían ser inexpugnables.
La artillería llegaba a cada minuto; pues Boyle, como de costumbre mucho mejor que su palabra, había concentrado cinco buques sobre nosotros en menos de veinticuatro horas.
Puso al monitor M.31, cuyo escaso calado lo hacía apto para la tarea, en el fondo del arroyo sudoriental del puerto, desde donde podía barrer la dirección probable de un avance turco con sus cañones de seis pulgadas.
Crocker, su capitán, estaba muy ansioso por disparar esos cañones impacientes.
Los barcos más grandes estaban amarrados para disparar por encima de la ciudad a mayor distancia, o para barrer el otro flanco desde el puerto norte.
Los reflectores del Dufferin y del M.31 se cruzaban en la llanura más allá de la ciudad.
Los árabes, encantados de contar la cantidad de embarcaciones en el puerto, se prepararon para aportar su granito de arena al entretenimiento de la noche. Nos dieron esperanzas de que no habría más pánico: pero para tranquilizarlos por completo necesitaban una especie de muralla que defender, al estilo medieval; de nada servía cavar trincheras, en parte porque el suelo era roca de coral y, además, no tenían experiencia en trincheras y tal vez no las habrían ocupado con confianza. Así que tomamos el muro desmoronado y carcomido por la sal del lugar, lo doblamos con un segundo, rellenamos de tierra el espacio entre ambos y los elevamos hasta que nuestros bastiones del siglo XVI fueran al