estar conforme; de modo que el adjunto de Jemal (mientras su amo estaba en Constantinopla) añadió audazmente una Corona a la parte ofrecida a Hussein de La Meca. Por último, ¡nos dijeron que veían lógica en la pretensión de la familia del profeta al liderazgo espiritual del islam!
El lado cómico de las cartas no debe oscurecer su verdadera utilidad para dividir al Estado Mayor turco.
Los musulmanes a la antigua consideraban al Jalifa un pecador imperdonable. Los modernistas lo veían como un nacionalista sincero pero impaciente, engañado por las promesas británicas. Tenían el deseo de enmendarle la plana más mediante la argumentación que por la derrota militar.
Su mejor carta era el acuerdo de Sykes-Picot, un reparto a la vieja usanza de Turquía entre Inglaterra, Francia y Rusia, sacado a la luz por los sóviets.
Yemal leyó los párrafos más rencorosos en un banquete en Beirut. Durante un tiempo la revelación nos perjudicó; con razón, pues los franceses y nosotros habíamos pensado en apaliar una brecha política con una fórmula lo suficientemente vaga como para que cada cual la interpretara de su modo divergente.
Por fortuna, yo ya había traicionado la existencia del tratado ante Feisal, y le había convencido de que su huida ayudaría tanto a los británicos que, una vez firmada la paz, la vergüenza les impediría fusilarle para cumplirlo; mientras que, si los árabes actuaban como yo pretendía, no habría conversaciones unilaterales sobre fusilamientos. Le rogué que no confiara en nuestras promesas, como su padre, sino en su propia y firme actuación.
Convenientemente, en esta coyuntura el Gabinete británico, con alegre estilo, dio también con la mano izquierda. Prometieron a los árabes, o