con los codos hacia afuera, las manos suspendidas y oscilando en el aire a la altura de los hombros.
No había huellas en el suelo, pues cada ráfaga barría como un gran pincel la superficie de la arena, difuminando los rastros de los últimos viajeros hasta que la superficie volvía a ser un dibujo de innumerables y diminutas olas vírgenes.
Tan solo los excrementos secos de camello, que eran más ligeros que la arena y redondeados como nueces, escapaban sobre sus ondas.
Rodaban de aquí para allá, para ser amontonados en los rincones por los vientos silbantes. Era tal vez por ellos, tanto como por su infalible sentido de la orientación, que Auda conocía el camino.
Para nosotros, las formas de las rocas eran una constante especulación y asombro; sus superficies granulares y su color rojo y el cincelado curvo del chorro de arena sobre ellas suavizaban la luz del sol, para dar alivio a nuestros ojos llorosos.
A mediados de marzo vimos venir a cinco o seis jinetes desde el ferrocarril. Yo iba al frente con Auda, y experimentamos esa deliciosa emoción de «¿amigo o enemigo?» al encontrarnos con desconocidos en el desierto, mientras nos colocábamos con cautela hacia el lado ventajoso que dejaba libre el brazo del fusil para un disparo rápido; pero cuando se acercaron más vimos que eran de las fuerzas árabes. El primero, que montaba descuidadamente un camello corpulento, con la pesada silla de madera de fabricación mancuniana del Cuerpo de Camelleros Británico, era un inglés rubio, de barba desgreñada y uniforme destartalado. Adivinamos que debía de ser Hornby, el discípulo de Newcombe, el ingeniero audaz que competía con él en destruir el ferrocarril.