molecular de la materia, el elemento universal a través del cual la forma flotaba a la deriva como coágulos y patrones de densidad variable. Me parecía impensable que los conglomerados de átomos pudieran cogitar excepto en términos atómicos. Mi perverso sentido de los valores me obligaba a asumir que lo abstracto y lo concreto, a modo de insignias, no denotaban oposiciones más graves que liberal y conservador.
La práctica de nuestra revuelta fortificó en mí la actitud nihilista. Durante ella, a menudo vimos a los hombres empujarse a sí mismos o ser empujados hacia un extremo cruel de resistencia: sin embargo, jamás hubo un indicio de quiebre físico.
El colapso surgía siempre de una debilidad moral que roía el cuerpo, el cual por sí mismo, sin traidores internos, no tenía poder sobre la voluntad.
Mientras cabalgábamos estábamos desencarnados, inconscientes de la carne o el sentimiento: y cuando en algún intervalo esta excitación se desvanecía y veíamos nuestros cuerpos, era con cierta hostilidad, con un sentido despectivo de que alcanzaban su propósito más elevado, no como vehículos del espíritu, sino cuando, disueltos, sus elementos servían para abonar un campo.