En las noches de tormenta acarreábamos leña menuda y estiércol y encendíamos una gran hoguera en medio del suelo. Alrededor de ella se acercaban las alfombras y las pieles de oveja de montar, y a su luz repasábamos nuestras propias batallas o escuchábamos las tradiciones de los visitantes. Las llamas danzarinas perseguían extrañamente nuestras sombras embutidas de humo por el áspero muro de piedra a nuestras espaldas, deformándolas sobre las oquedades y salientes de su superficie rota. Cuando estos relatos llegaban a su fin, nuestro estrecho círculo se movía, inquieto, apoyándose en la otra rodilla o en el otro codo; mientras las tacitas de café tintineaban al pasar y un criado abanicaba el humo azulado del fuego hacia la tronera con su capa, haciendo que la brasa incandescente girara y chisporroteara con su corriente de aire. Hasta que la voz del narrador volvía a empezar, oíamos las gotas de lluvia sisear brevemente al caer desde el techo de vigas de piedra hacia el corazón del fuego.
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