causa de la desconfianza residía en el primer asentamiento, en Taiyibe, que se había visto perturbado por el regreso de los automóviles blindados de Joyce ayer, por algunos incidentes fortuitos y por el temor justificado de que eran el punto más expuesto en nuestra retirada.
Llamé a Aziz y cabalgamos directamente a Taiyibe, sobre tramos escabrosos de lava, sin senderos, y atiborrados de muros de piedra rota.
En la choza del jefe de la aldea estaba sentada la cónclave que había contagiado a nuestros visitantes. Estaban debatiendo a quién enviar para implorar clemencia a los turcos cuando entramos sin anunciarnos. Nuestra llegada en solitario los desconcertó, por lo que tenía de presunción de seguridad suprema.
Hablamos irrelevantemente durante una hora, de cosechas y precios de corral, y bebimos un poco de café; luego nos levantamos para irnos. A nuestra espalda estalló de nuevo el barullo; pero ahora sus ánimos inconstantes habían virado hacia lo que parecía nuestro viento más fuerte, y no enviaron ningún recado al enemigo, aunque al día siguiente fueron bombardeados y cañoneados por tan obstinada complicidad con nosotros.
Volvimos antes del alba y nos estiramos para dormir: cuando se oyó un fuerte estruendo proveniente del ferrocarril, y un obús estalló más allá de nuestra hueste durmiente.
Los turcos habían bajado un tren blindado equipado con un cañón de campaña. Por mí mismo me habría arriesgado a desafiar su puntería, pues mi sueño había durado justito lo necesario para hacerme desear rabiosamente más: pero el ejército había dormido seis horas y estaba en marcha.
Apresuramos el paso por un terreno horrible. Un aeroplano sobrevoló la zona y dio vueltas para ayudar a los artilleros. Los obuses comenzaron a seguir el ritmo exacto de nuestra marcha.