detenerme nunca en lo que era interesante, había momentos demasiado fuertes para el control en los que mi apetito estallaba y me asustaba.
Tenía una conciencia muy clara de los poderes y entidades aglutinados en mi interior; era su carácter lo que se ocultaba.
Ahí estaba mi anhelo de agradar —tan intenso y nervioso que jamás pude abrirme con simpatía a los demás—. El terror al fracaso en un empeño de tanta importancia hacía que me encogiera ante el intento; además, estaba el criterio; pues la intimidad parecía vergonzosa a menos que la otra persona pudiera dar la respuesta perfecta, en el mismo idioma, según el mismo método, por las mismas razones.
Había un anhelo de ser famoso; y un horror a que se supiera que a uno le gustaba ser conocido. El desprecio por mi pasión por la distinción me hizo rechazar todo honor ofrecido.
Apreciaba mi independencia casi tanto como un beduino, pero mi impotencia de visión me mostraba mejor mi figura en cuadros pintados, y los comentarios oblicuos que otros decían a escondidas me enseñaban mejor la impresión que causaba. El afán de oírme y verme a escondidas fue mi asalto a mi propia ciudadela inviolable.
Evité la creación inferior, por considerarla un reflejo de nuestro fracaso en alcanzar la verdadera intelectualidad. Si se me imponían, los aborrecía. Poner la mano sobre un ser vivo era una profecía; y me hacía temblar que me tocaran o mostraran un interés demasiado repentino por mí.
Esto era una repulsión atómica, como el curso intacto de un copo de nieve. Lo opuesto habría sido mi elección si mi cabeza no hubiera sido tiránica. Sentía anhelo por el absolutismo de las mujeres y los animales, y me compadecía más de mí mismo cuando veía a un soldado con una muchacha, o a un hombre acariciando a un perro, porque mi deseo era ser tan superficial, tan perfeccionado; y mi carcelero me retenía.