magistral tanto si el tren subía como si bajaba por la vía. Así que decidimos apechugar con los inconvenientes del fuego picado. Era bueno tener a mis dos responsabilidades británicas en un mismo lugar, a salvo de sorpresas y con una retirada independiente hacia lo áspero: pues hoy Stokes sufría dolores de disentería. Probablemente el agua de Mudowwara le había sentado mal al estómago. Tan pocos ingleses parecían haber sido dotados por su educación de alguna resistencia orgánica a las enfermedades.
De vuelta con nuestros camellos, descargamos los fardos y enviamos a los animales a un pastizal seguro cerca de unas rocas socavadas de las que los árabes raspaban sal.
Los libertos bajaron al lugar elegido el mortero Stokes con sus granadas, las ametralladoras Lewis y la gelatina con su cable aislado, el magneto y las herramientas.
Los sargentos montaron sus juguetes en una terraza, mientras nosotros bajábamos al puente para cavar un lecho entre los extremos de dos traviesas de acero, en el cual ocultar mis cincuenta libras de gelatina.
Habíamos despojado a los cartuchos deEXPLOSIVO de su envoltorio de papel y los habíamos amasado juntos con la ayuda del calor del sol hasta convertirlos en una gelatina temblorosa dentro de un costal de arena.
Enterrarlo no fue fácil. El terraplén era empinado, y en el recodo resguardado entre este y la ladera había un banco de arena formado por el viento.
Nadie cruzaba por allí salvo yo, pisando con cuidado; aun así, dejé inevitables y grandes huellas sobre su superficie lisa.
El balasto excavado de la vía tuve que recogerlo en mi capa para transportarlo en repetidos viajes hasta la alcantarilla, desde donde podía verterse de manera natural sobre el lecho de guijarros del cauce.