Ruwalla, que bajaba hacia nosotros con el deseable obsequio de unos cientos de buenos camellos de carga. Nuri, por supuesto, seguía manteniendo la amistad con los turcos. Damasco y Bagdad eran sus mercados, y habrían podido hacer pasar hambre a su tribu en tres meses de haberlo sospechado; pero sabíamos que, cuando llegara el momento, contaríamos con su ayuda armada y, hasta entonces, con todo aquello que no supusiera una ruptura con Turquía.
Su favor nos abriría el Sirhan, un famoso camino, zona de acampada y cadena de pozos que, en una serie de depresiones encadenadas, se extendía desde Yauf, la capital de Nun, en el sureste, hacia el norte hasta Azrak, cerca del Yebel Druso, en Siria.
Era la libertad del Sirhan lo que necesitábamos para llegar a las tiendas de los Howeitat orientales, aquellos famosos abu Tayi de los que Auda, el mayor guerrero de la Arabia septentrional, era jefe.
Solo mediante Auda abu Tayi podíamos inclinar a las tribus, desde Maán hasta Ácaba, tan fuertemente a nuestro favor que nos ayudarían a tomar Ácaba y sus colinas a sus guarniciones turcas; solo con su apoyo activo podíamos atrevernos a salir desde Wejh en la larga marcha hacia Maán.
Desde nuestros días en Yenbo lo habíamos estado anhelando e intentando ganar para nuestra causa.
Dimos un gran paso adelante en Wejh; ibn Zaal, su primo y un caudillo de los abu Tayi, llegaron el diecisiete de febrero, que fue en todos los aspectos un día afortunado. Al amanecer llegaron cinco hombres principales de los Sherarat, procedentes del desierto al este de Tebuk, trayendo un regalo de huevos de avestruz arábigo, abundantes en su desierto poco frecuentado.