sol estaba bajo, extraía grandes cuencos de agua y los vertía en acequias de arcilla dispuestas a través de su jardín entre las raíces de los árboles. Cultivaba palmeras bajas, pues sus hojas extendidas daban sombra a sus plantas frente al sol que, de otro modo, podría marchitarlas en aquel áspero valle, y criaba tabaco joven (su cosecha más lucrativa); con pequeñas parcelas de judías y melones, pepinos y berenjenas, a su debido tiempo.
El viejo vivía con sus mujeres en una choza de ramas junto al pozo, y desdeñaba nuestra política, preguntando qué más para comer o beber traerían estos dolorosos esfuerzos y sangrientos sacrificios.
Nos burlábamos cariñosamente de él con nociones de libertad; con la libertad de los países árabes para los árabes.
«Este Jardín, Dhaif-Allah, ¿no debería ser tuyo por derecho propio?».
Sin embargo, no quería entender, sino que se ponía de pie para golpearse el pecho con orgullo, gritando: «Yo—yo soy Kurr».