Ante nuestros ojos, el único factor independiente con bases aceptables y adeptos dispuestos a luchar era un príncipe sunita, como Faisal, que pretendía revivir las glorias omeya o ayubí.
Podría unificar momentáneamente a los hombres del interior hasta que el éxito trajese consigo la necesidad de transferir su entusiasmo depravado al servicio de un gobierno ordenado.
Entonces vendría la reacción; pero solo después de la victoria; y por la victoria se podría empeñar todo lo material y lo moral.
Quedaban la técnica y la dirección de las nuevas revueltas: pero la dirección la habría podido ver un ciego. El centro crítico de Siria en todas las épocas había sido el valle del Yarmuk, Haurán y Deraa. Cuando Haurán se uniera a nosotros, nuestra campaña estaría bien concluida.
El procedimiento consistiría en montar otra escala de tribus, comparable a la que iba de Wejh a Ácaba: solo que esta vez nuestra escala estaría hecha con peldaños de Howeitat, Beni Sakhr, Sherarat, Rualla y Serahin, para elevarnos trescientas millas hasta Azrak, el oasis más cercano a Haurán y al Jebel Druso.
En su carácter, nuestras operaciones de desarrollo para el golpe definitivo deben ser como la guerra naval, en movilidad, ubicuidad, independencia de bases y comunicaciones, ignorando las características del terreno, las áreas estratégicas, las direcciones fijas y los puntos fijos.
«Quien domina el mar goza de gran libertad, y puede tomar tanto o tan poco de la guerra como quiera».
Y nosotros dominábamos el desierto. Las partidas de incursión en camello, autosuficientes como barcos, podían navegar con confianza a lo largo de la frontera de cultivo del enemigo, seguras de una retirada sin obstáculos hacia su elemento desértico, que los turcos no podían explorar.