locura de antaño, lo dejaron hacer. No creyeron ni siquiera en su cuento de que Ali y yo intentaríamos volar el puente del Yarmuc esa noche. Cuando, sin embargo, lo hicimos, adoptaron un criterio más serio y lo enviaron bajo custodia a Damasco. El humor brutal de Jemal se sintió divertido y lo puso en libertad para mofarse de él. Abd el Kader se fue volviendo dócil poco a poco. Los turcos empezaron a utilizarlo de nuevo como agente provocador y disipador de la energía generada por sus nacionalistas sirios locales.
El tiempo era ya horrible, con aguanieve, nieve y tormentas incesantes; era obvio que en Azrak no habría más que enseñar y predicar en los próximos meses. Yo no estaba ansioso por ello.
Cuando era necesario, había hecho mi parte de fatigas proselitistas, convirtiendo como mejor podía; consciente todo el tiempo de mi rareza y de la incongruencia de que un extranjero abogara por la libertad nacional. La guerra suponía para mí una lucha por apartar el pensamiento, por adoptar la actitud de la gente de aceptar la revuelta de manera natural y confiada.
Tenía que persuadirme de que el Gobierno británico realmente podía cumplir el espíritu de sus promesas. Esto resultaba especialmente difícil cuando estaba cansado y enfermo, cuando la actividad delirante de mi cerebro desgarraba mi paciencia hasta hacerla girones.
Y luego, después de los rudos beduinos, que irrumpían saludándome «Ya Auruns» y exponiendo su necesidad sin cumplidos, estos ciudadanos apacibles resultaban enloquecedores mientras se arrastraban en busca del favor de una audiencia con su Príncipe, Bey, Señor y Libertador. Tales dignidades atribuídas, como una armadura en un duelo, eran sin duda útiles; pero incómodas, y mezquinas también.