Porque las gentes del desierto eran tan poco estáticas como las de las colinas.
La vida económica del desierto se basaba en la cría de camellos, los cuales se criaban mejor en los rigurosos pastos de las tierras altas, con sus fuertes y nutritivas espinas. De esta industria vivían los beduinos; y ella, a su vez, moldeaba su vida, delimitaba los territorios tribales y hacía que los clanes giraran en su rutina de pastos de primavera, verano e invierno, a medida que los rebaños ramoneaban la escasa vegetación de cada estación.
Los mercados de camellos en Siria, Mesopotamia y Egipto determinaban la población que los desiertos podían sostener y regulaban estrictamente su nivel de vida.
Así también el desierto se poblaba en exceso de vez en cuando; y entonces se producían agitación y empujones entre las tribus aglomeradas mientras se abrían paso a codazos por cauces naturales hacia la luz. No podían ir al sur hacia la arena o el mar inhóspitos. No podían girar al oeste; pues allí las empinadas colinas del Hiyaz estaban densamente custodiadas por pueblos serranos que aprovechaban al máximo su capacidad defensiva.
A veces avanzaban hacia los oasis centrales de Aridh y Kasim y, si las tribus que buscaban nuevos hogares eran fuertes y vigorosas, podían lograr ocupar partes de ellos.
Si, por el contrario, el desierto no poseía esta fuerza, sus gentes eran empujadas gradualmente hacia el norte, subiendo entre Medina, en el Hiyaz, y Kasim, en el Nech, hasta encontrarse en la bifurcación de dos caminos.
Podían avanzar hacia el este, por Wadi Rumh o Jebel Shammar, para seguir eventualmente el Batn hasta Shamiya, donde se convertirían en árabes ribereños del Bajo Éufrates; o podían subir, por lentos grados, la