nuestras manos, y estar mandado por oficiales de habla árabe formados en el ejército turco, hombres del tipo y los antecedentes de Aziz el Masri o Maulud. A la larga, ellos terminarían la guerra dando el golpe decisivo, mientras los guerreros tribales escaramuzaban por los alrededores y obstaculizaban y distraían a los turcos con sus incursiones de hostigamiento.
La guerra del Hiyaz, entretanto, iba a ser la de unos derviches contra tropas regulares.
Fue el combate de un país rocoso, montañoso, estéril (reforzado por una horda salvaje de montañeses) contra un enemigo tan enriquecido en su equipamiento por los alemanes que casi había perdido la aptitud para la guerra cuerpo a cuerpo.
La franja de colinas era un paraíso para los francotiradores; y los árabes eran artistas en el arte del tiro al blanco. Doscientos o trescientos hombres determinados que conocieran las distancias debían dominar cualquier tramo de ella, pues las pendientes eran demasiado empinadas para el asalto.
Los valles, que eran los únicos caminos practicables, durante millas y millas no eran tanto valles como abismos o gargantas, a veces de doscientas yardas de ancho, pero a veces de veinte tan solo, llenos de recodos y giros, de mil o cuatro mil pies de profundidad, desprovistos de cobertura y flanqueados a cada lado por un granito, un basalto y un pórfido implacables, no en laderas pulidas, sino dentados y partidos y amontonados en miles de montones irregulares de fragmentos duros como el metal y casi igual de afilados.
A mis inexpertos ojos parecía imposible que, de no mediar traición por parte de las tribus de las montañas, los turcos se atrevieran a abrirse paso. Aun con la traición como aliada, cruzar las colinas resultaría peligroso. El enemigo nunca tendría la seguridad de que la inconstancia de la