La cabra se mareó y las ovejas se pusieron ovejunas. Era un regalo inmenso, regio; el regalo de una movilidad ilimitada. Los árabes podían ganar ahora su guerra cuando y donde quisieran.
A la mañana siguiente salí para reunirme con Faisal en su fresco nido de águila en Aba el Lissan. Discutimos largamente sobre historias, tribus, migraciones, sentimientos, las lluvias de primavera y los pastos. Por fin, le comenté que Allenby nos había dado dos camellos. Faisal exhaló un suspiro de asombro y me agarró de la rodilla, diciendo: «¿Cómo?». Le conté toda la historia. Él dio un salto y me besó; luego aplaudió ruidosamente. La oscura silueta de Hejris apareció en la puerta de la tienda. —Date prisa —gritó Faisal—, llámalos. Hejris preguntó a quiénes. —Ah, a Fahad, a Abdulla el Feir,