los jinetes de ligera montura, podríamos haberlos rebasado fácilmente; pero Auda, que regulaba nuestras jornadas, lo prohibió debido a las dificultades que nos aguardaban más adelante, para las cuales nuestros animales necesitarían toda la fuerza que pudiéramos conservar en ellos. Así que avanzamos parsimoniosamente durante seis horas bajo un calor intenso. El sol de verano en esta tierra de arena blanca situada tras Wejh podía deslumbrar los ojos de forma cruel, y las rocas desnudas a ambos lados de nuestro camino desprendían oleadas de calor que hacían que nos doliera y diera vueltas la cabeza. En consecuencia, a las once de la mañana nos amotinamos contra el deseo de Auda de continuar. Así que nos detuvimos y nos tumbamos bajo los árboles hasta las dos y media, intentando cada uno hacer una sombra sólida, aunque cambiante, para sí mismo mediante una manta doblada sujeta entre las espinas de las ramas colgantes.
Cabalgamos de nuevo, tras este descanso, durante tres apacibles horas por llanuras aluviales, acercándonos a las murallas de un gran valle; y hallamos el verde jardín de El Kurr tendido justo ante nosotros.
Blancas tiendas asomaban entre las palmeras. Mientras desmontábamos, Rasim y Abdulla, Mahmud, el doctor y hasta el viejo Maulud, el jinete, salieron a recibirnos.
Nos dijeron que el jerife Sharraf, a quien deseábamos encontrar en Abu Raga, nuestra siguiente parada, se encontraba ausente en una incursión por unos días. Esto significaba que no había prisa, así que hicimos festivo en El Kurr durante dos noches.
Me contentaba: pues la molestia de los diviesos y la fiebre que me habían encadenado en Wadi Ais había vuelto, con más fuerza, haciendo que cada trayecto fuera un dolor y cada descanso una bendición para mi voluntad