Codal
nydus/Seven Pillars of WisdomPublic
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XLIII

Así que marchamos prudentemente, sobre arena monótona y reluciente; y sobre esos peores trechos, los «Giaan», de barro pulido, casi tan blanco y liso como el papel verjurado, y a menudo de millas cuadradas enteras.

Devolvían el sol a nuestras caras con vítrea energía, de modo que cabalgábamos con su luz lloviendo flechas directas sobre nuestras cabezas, y su reflejo rebotando desde el suelo a través de nuestros párpados insuficientes.

No era una presión constante, sino un dolor que iba y venía; en un momento acumulándose y acumulándose hasta que casi desmayábamos; y luego alejándose con frescura, en un momento de falsa sombra como una red negra que cruzara la retina: esto nos daba un respiro para almacenar una nueva capacidad de sufrimiento, como los forcejeos hacia la superficie de un hombre que se ahoga.

Nos volvimos esquivos el uno con el otro; pero el alivio llegó hacia las seis, cuando nos detuvimos a cenar y horneamos pan fresco. Le di a mi camello lo que sobró de mi ración, pues el pobre animal iba cansado y hambriento en estas malas marchas.

Era la camella de Pura sangre regalada por Ibn Saud de Nejd al rey Hussein y de este a Feisal; una bestia espléndida; áspera, pero de paso firme en los cerros, y de gran corazón.

Los árabes adinerados no montaban más que camellas, puesto que iban más suaves bajo la silla que los machos, y tenían mejor genio y eran menos ruidosas: asimismo, eran pacientes y aguantaban marchar mucho después de estar agotadas, de hecho hasta tambalearse de cansancio y caer en el sitio y morir; mientras que los machos, más toscos, se enojaban, se dejaban caer cuando estaban cansados y, por pura rabia, morían allí innecesariamente.

Al anochecer avanzamos a gatas durante tres horas, hasta llegar a la cresta de un duna. Allí dormimos agradecidos, tras un mal día de viento

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