contra nuestras ventanas. Era propio que los dos jefes se encontraran por primera vez en el corazón de su victoria; estando yo todavía de intérprete entre ellos.
Allenby me dio un telegrama del Ministerio de Asuntos Exteriores, que reconocía a los árabes el estatus de beligerantes, y me dijo que se lo tradujera al Emir; pero ninguno de nosotros sabía lo que significaba en inglés, y mucho menos en árabe; y Feisal, sonriendo a través de las lágrimas que el recibimiento de su gente le había arrancado, lo dejó a un lado para agradecer al Comandante en Jefe la confianza que lo había hecho a él y a su movimiento.
Eran un extraño contraste: Feisal, de ojos grandes, demacrado y sin color, como una daga fina; Allenby, gigantesco, rojo y alegre, digno representante de la Power que había arrojado un cinto de humor y mano firme alrededor del mundo.
Cuando marchó Feisal, le hice a Allenby la última (y creo que también la primera) petición que le hice jamás para mí: licencia para marcharme. Durante un rato no quiso aceptarlo; pero le razoné, recordándole su promesa de hacía un año, y señalándole lo mucho más fácil que sería la Nueva Ley si mi espuela estaba ausente del pueblo. Al final accedió; y entonces al punto supe cuánto lo sentía.