Poco después, Auda me dijo que iba a marchar adelantado hacia Bair, y que si quería acompañarle.
Fuimos rápido, y en dos horas llegamos al lugar de repente, al pie de una colina. Auda se había apresurado para visitar la tumba de su hijo Annad, a quien habían tendido una emboscada cinco de sus primos motalga en venganza por Abtan, su paladín, muerto por Annad en combate singular.
Auda me contó cómo Annad se habia lanzado contra ellos, uno contra cinco, y había muerto como debía; pero eso dejaba solo al pequeño Mohammed entre él y la orfandad de hijos. Me había traído para que le oyera lamentarse intensamente por su difunto.
Sin embargo, al cabalgar hacia las tumbas, nos sorprendió ver humo saliendo en espirales de la tierra alrededor de los pozos. Cambiamos de dirección rápidamente y nos acercamos a las ruinas con cautela.
Parecía que no había nadie allí; pero la gruesa torta de estiércol alrededor del brocal del pozo estaba carbonizada, y el pozo mismo, destrozado en la parte superior. La tierra estaba desgarrada y ennegrecida como por una explosión; y al mirar por el pozo vimos su revestimiento despojado y agrietado, y muchos bloques arrojados por el conducto, medio obstruyéndolo junto con el agua del fondo.
Olfateé el aire y pensé que el olor era a dinamita.
Auda corrió al siguiente pozo, en el lecho del valle debajo de las tumbas; y aquel también estaba desportillado en la boca y atestado de piedras caídas. «Esto —dijo— es obra de los Jazi». Cruzamos el valle hacia el tercer pozo, el de los Beni Sakhr. Era solo un cráter de greda. Zaal llegó, con el rostro grave al ver el desastre. Exploramos el jan en ruinas, en el que había rastros de la noche anterior de tal vez un centenar de caballos. Había un cuarto pozo, al norte de las ruinas en la llanura abierta, y hacia él fuimos sin esperanza, preguntándonos qué sería de nosotros si Bair estuviera totalmente destruido. Para nuestra alegría, estaba intacto.