descendiente de griegos, albaneses, circasianos, búlgaros, armenios, judíos... cualquier cosa menos selyúcidas u otomanos. El pueblo llano dejó de sentirse en sintonía con sus gobernantes, cuya cultura era levantina y cuya teoría política era francesa. Turquía se estaba pudriendo; y solo el cuchillo podría mantenerla sana.
Amando firmemente las viejas costumbres, el anatolio siguió siendo una bestia de carga en su pueblo y un soldado sin quejas en el extranjero, mientras que las razas súbditas del Imperio, que formaban casi las siete décimas partes de su población total, crecían día a día en fuerza y conocimiento; pues su falta de tradición y responsabilidad, así como sus mentes más ligeras y rápidas, las inclinaban a aceptar nuevas ideas.
El temor reverencial y la supremacía natural de los turcos comenzaron a desvanecerse ante una comparación más amplia. Esta balanza cambiante entre Turquía y las provincias súbditas requirió guarniciones cada vez mayores si se quería conservar el territorio tradicional.
Trípoli, Albania, Tracia, Yemen, Hiyaz, Siria, Mesopotamia, Kurdistán, Armenia, eran todas cuentas en déficit, cargas para los campesinos de Anatolia, que devoraban anualmente un contingente mayor. El peso recayó más pesadamente sobre las aldeas pobres, y cada año hizo que estas aldeas pobres fueran aún más pobres.
Los reclutas aceptaban su destino sin cuestionarlo: con resignación, según la costumbre del campesinado turco. Eran como ovejas, neutrales sin vicio ni virtud. Dejados a su solas, no hacían nada, o tal vez se sentaban apagadamente en el suelo. Si se les ordenaba ser amables, y sin prisa, eran tan buenos amigos y tan generosos enemigos como pudiera encontrarse. Si se les ordenaba ultrajar a sus padres o destripar a sus madres, lo hacían con la misma calma con que no hacían nada, o lo hacían bien.