Esperando fuera de Suez estaba la Lama, un pequeño transatlántico adaptado; y en él partimos inmediatamente. Estos cortos viajes en buques de guerra eran deliciosos intermedios para nosotros los pasajeros. En esta ocasión, sin embargo, hubo cierta incomodidad. Nuestro grupo heterogéneo parecía perturbar a la oficialidad del barco en su propio elemento. Los subalternos habían desocupado sus literas para darnos espacio nocturno y, de día, llenábamos sus salas de estar con charlas desordenadas. El cerebro intolerante de Storrs rara vez se rebajaba a hacer compañía. Pero hoy estuvo más brusco que de costumbre. Dio dos vueltas por las cubiertas, resopló: «No hay nadie con quien valga la pena hablar», y se sentó en uno de los dos cómodos sillones para iniciar una discusión sobre Debussy con Aziz el Masri (en el otro). Aziz, el ex-coronel árabe-circasiano del ejército turco, ahora general del ejército sherifiano, se dirigía a discutir con el emir de La Meca el equipamiento y la posición de los regulares árabes que estaba formando en Rabigh. Pocos minutos después habían dejado de lado a Debussy y estaban denigrando a Wagner: Aziz en un alemán fluido, y Storrs en alemán, francés y árabe. Los oficiales del buque encontraron toda la conversación innecesaria.
Tuvimos la travesía habitualmente tranquila hasta Yida, en el delicioso clima del mar Rojo, nunca demasiado caluroso mientras el barco iba en marcha. De día yacíamos en la sombra; y durante gran parte de las gloriosas noches recorríamos arriba y abajo las cubiertas húmedas bajo las estrellas, en el aliento vaporeante del viento del sur. Pero cuando por fin echamos anclas en el puerto exterior, frente a la blanca ciudad suspendida entre el cielo llameante y su reflejo en el espejismo que barría y ondulaba sobre la vasta laguna, entonces el calor de Arabia salió como una espada desenvainada y nos dejó mudos.