Le pregunté qué partida podríamos formar; y él nombró a tres de los hombres del campamento como buenos tipos para una esperanza tan desesperada. El resto de la tribu estaba ausente, descontento.
Llevar a tres toweiha sería peor que inútil, pues su justificada altivez soliviantaría a los demás hombres, mientras que ellos por sí solos eran demasiado pocos para bastarse; así que dije que probaría en otra parte. Zaal dejó ver su alivio.
Mientras aún estábamos discutiendo qué debíamos hacer (pues necesitaba el consejo de Zaal, uno de los mejores guerreros que vivían y el más competente para juzgar mi plan a medias), un muchacho asustado corrió hacia nuestro hogar de café y soltó de golpe que unos jinetes envueltos en una nube de polvo se acercaban rápidamente desde el lado de Maán.
Los turcos allí tenían un regimiento de mulas y un regimiento de caballería, y siempre se jactaban de que algún día visitarían a los Abu Tayi. Así que nos levant de un salto para recibirlos.
Auda tenía quince hombres, de los cuales cinco eran aptos y el resto ancianos o muchachos, pero nosotros éramos treinta y me puse a pensar en la mala suerte del comandante turco, que había elegido para su ataque sorpresa el día en que casualmente estaban de invitados con los Howeitat un pelotón de ametralladoras indios que conocían muy bien su oficio. Hicimos tumbar a los camellos y les atamos una pata al cuello en las hondonadas más profundas, y colocamos las Vickers y las Lewis en otras de estas trincheras naturales, magníficamente ocultas entre arbustos de sosa y dominando un terreno llano de ochocientos metros en todas direcciones. Auda levantó sus tiendas y desplegó a sus fusileros para complementar nuestro fuego; y luego esperamos tranquilos hasta que el primer jinete