Expusimos a Faisal la franca situación y le dijimos que los intereses de los Aliados en este caso exigían el sacrificio, o al menos el aplazamiento, de una ventaja inmediata para los árabes.
Se elevó, como siempre, a una propuesta de honor, y aceptó al instante hacer cuanto pudiera. Calculamos nuestros recursos posibles y dispusimos trasladarlos para entrar en contacto con el ferrocarril.
El jerife Mastur, un anciano honrado y tranquilo, y Rasim, con hombres de las tribus, infantería montada en mulas y un cañón, debían dirigirse directamente a Fagair, la primera buena base de agua al norte del uadi Ais, para hostilizar nuestra primera sección de ferrocarril, desde la zona de Abdalá hacia el norte.
Ali ibn el Hussein, de Jeida, atacaría el siguiente tramo de línea hacia el norte desde Mastur.
Le dijimos a ibn Mahanna que se acercara a El Ula y la vigilara. Ordenamos al jerife Nasir que permaneciera cerca de Kalaat el Muadhdham y mantuviera a sus hombres listos para la acción. Escribí pidiendo a Newcombe que viniera a recibir noticias. El viejo Mohammed Ali debía trasladarse de Dhaba a un oasis cerca de Tebuk, de modo que si la evacuación llegaba tan lejos estuviéramos preparados.
Toda nuestras ciento cincuenta millas de línea quedarían así asediadas, mientras el propio Feisal, en Wejh, se encontraba listo para llevar ayuda al sector que más lo necesitara.
Mi papel consistía en ir a ver a Abdalá en el uadi Ais, para averiguar por qué no había hecho nada en dos meses y convencerle de que, si los turcos salían, fuera directamente contra ellos. Esperaba que pudiéramos disuadirles de avanzar haciendo tantas pequeñas incursiones en esta larga línea que el tráfico quedara