esparcido posible era nuestra única esperanza de salvación, ya que la llanura no tenía cobertura cenital ni para un conejo; y el corazón nos dio un vuelco al ver los miles de hombres que éramos, salpicados allá abajo. Era extraño estar en la cima de la colina contemplando aquellos dos kilómetros cuadrados ondulantes, generosamente sembrados de hombres y animales, y que estallaban de forma irregular con perezosos y silenciosos bulbos de humo donde caían las bombas (al parecer totalmente desvinculados de su trueno) o con surtidores de polvo donde los grupos de ametralladoras abrían fuego con furia.
Todo parecía y sonaba caluroso, pero los egipcios siguieron trabajando con tanta metodicidad como habían comido.
Cuatro grupos cavaban en forma de tulipán, mientras Peake y uno de sus oficiales encendían cada serie a medida que se colocaba. Las dos planchas de algodon pólvora en una carga de tulipán no bastaban para armar un gran revuelo, y los aeroplanos parecieron no ver lo que ocurría: al menos no los acribillaron especialmente con bombas; y a medida que avanzaba la demolición, el grupo se fue retirando gradualmente de la zona de peligro hacia el apacible paisaje del norte.
Seguimos su progreso por la degradación del telégrafo. En las zonas vírgenes, sus postes se erguían ordenados, alineados por el cable tenso; pero tras Peake se inclinaban y tambaleaban de cualquier manera, o caían.
Nuri Said, Joyce y yo nos reunimos en consejo y meditamos cómo llegar a la sección del Yarmuk de la línea de Palestina para rematar nuestro corte de los ferrocarriles de Damasco y Hiyaz. En vista de la oposición de la que se informaba allí, debíamos llevar a casi todos nuestros hombres, lo cual parecía poco prudente bajo una observación aérea tan constante.