El viejo gritó, pero los oficiales eran más fuertes y la puerta se cerró de golpe sobre su cuerpo retorciéndose. «Nos volvimos, con náuseas, para irnos, pero Enver, con la cabeza inclinada hacia un lado, escuchando, nos detuvo. Así que escuchamos, hasta que se oyó un estallido dentro del horno. Sonrió y asintió con la cabeza, diciendo: “A sus cabezas siempre les da por estallar, así”».
Toda la noche y al día siguiente, el fuego entre los vagones creció sin cesar. Era la prueba del colapso de los turcos, del que los árabes venían hablando desde ayer. Decían que el Cuarto Ejército avanzaba desde Amán en una muchedumbre desordenada. Los beni hassan, que interceptaban a los rezagados y a los destacamentos débiles, los comparaban con gitanos en marcha.
Celebramos un consejo. Nuestra labor contra el Cuarto Ejército había terminado. Los restos que consiguieron escapar de las manos de los árabes llegarían a Deraa convertidos en rezagados desarmados.
Nuestro nuevo empeño debía ser forzar la rápida evacuación de Deraa, con el fin de evitar que los turcos allí reunieran a los fugitivos para formar una retaguardia. Así pues, propuse que marcháramos hacia el norte, pasando por Tell Arar, y cruzáramos la vía férrea al amanecer de mañana para adentrarnos en la aldea de Sheikh Saad.
Aquello se encontraba en territorio conocido, con agua abundante, una observación perfecta y una retirada segura hacia el oeste, el norte o incluso el suroeste, en caso de que sufriéramos un ataque directo. Cortaba la comunicación de Deraa con Damasco; y también con Mezerib.
Tallal me secundó con fervor. Nuri Shaalan dio su asentimiento: Nasir y Nuri Said. Así que nos disponíamos a levantar el campamento. Los automóviles blindados no podían venir con nosotros. Era mejor que se quedaran en Azrak hasta que Deraa cayera y quisiéramos que nos