les había dado más audacia, y ahora estaban entablando combate cuerpo a cuerpo con el enemigo. Cada pueblo, a medida que la lucha avanzaba hacia él, se sumaba a la brega; y el viento negro y helado bullía con disparos de fusil, gritos, descargas de los turcos y el estrépito de las cargas a galope, mientras pequeños bandos de ambos bandos chocaban frenéticamente entre sí.
El enemigo había intentado detenerse y acampar al atardecer, pero Khalid los había vuelto a poner en marcha.
Unos marchaban, otros se quedaban. Muchos caían dormidos en el mismo sitio debido al agotamiento.
Habían perdido el orden y la cohesión, y vagaban a través de la ráfaga en desolados grupos, listos para disparar y huir ante cualquier contacto con nosotros o entre ellos; y los árabes estaban igual de dispersos, y casi con la misma incertidumbre.
Excepción fueron los destacamentos alemanes; y aquí, por primera vez, sentí orgullo del enemigo que había matado a mis hermanos. Estaban a dos mil millas de su hogar, sin esperanza y sin guías, en condiciones lo suficientemente enloquecedoras como para quebrantar los nervios más valientes.
Aun así, sus secciones se mantenían unidas, en firme formación, abriéndose paso entre los restos de turcos y árabes como naves acorazadas, de rostro altivo y en silencio. Cuando eran atacados, se detenían, tomaban posiciones, abrían fuego de manera ordenada. No había prisa, ni gritos, ni vacilación. Eran gloriosos.
Al fin encontré a Jalid y le pedí que llamara a los rualla y dejara esta derrota en manos del tiempo y de los campesinos. Un trabajo más pesado, quizás, aguardaba hacia el sur. Al atardecer había corrido un rumor por nuestra llanura de que Deraa estaba vacía, y Trad,