teníamos Newcombe y yo, era diez mil veces más descansado que la vida a la intemperie, pero el trabajo se resentía al crear semejante barrera entre los líderes y los hombres. Entre los árabes no había distinciones, ni tradicionales ni naturales, salvo el poder inconsciente que se le otorgaba a un jeque famoso en virtud de sus logros; y ellos me enseñaron que ningún hombre podía ser su líder a menos que comiera la comida de la tropa, vistiera su ropa, viviera al mismo nivel que ellos y, aun así, sobresaliera por sí mismo.
Por la mañana avanzamos hacia Abu Zereibat con el sol temprano incandescente en un cielo despejado, y el habitual resplandor que destroza los ojos y la danza de los rayos solares sobre la arena pulida o el sílex pulido.
Nuestro camino ascendía ligeramente por una cresta caliza y escarpada de flancos erosionados, y contemplamos una vasta pendiente de grava negra y desnuda entre nosotros y el mar, que ahora se encontraba a unas ocho millas hacia el oeste, aunque invisible.
Una vez nos detuvimos y empezamos a notar que una gran depresión se extendía ante nosotros; pero no fue hasta las dos de la tarde, después de haber cruzado un afloramiento basáltico, cuando contemplamos una cubeta de quince millas de ancho, que era el Uadi Hamdh, escapado de las colinas. Por el noroeste se extendía el gran delta a través del cual el Hamdh se desparramaba por veinte bocas; y vimos las líneas oscuras, que eran bosquecillos de matorral en los cauces de inundación de los lechos secos, serpenteando de un lado a otro por la planicie desde el borde de las colinas bajo nosotros, hasta perderse en la bruma solar a treinta millas de distancia a nuestra izquierda, cerca del mar invisible. Tras el Hamdh se alzaba escarpado desde la llanura un monte doble, el Yebel Raal: lomoagudo a excepción de una brecha que lo hendía por la