Nos pareció deliciosa y, como había vegetación alrededor que servía de alimento para los camellos, decidimos quedarnos allí el día entero mientras buscábamos a los howeitat enviando emisarios a Maigua, el pozo más meridional de Sirhan. Así averiguaríamos si venían detrás de nosotros; y si no era el caso, podríamos marchar hacia el norte con la certeza de que íbamos tras su rastro.
Apenas, no obstante, se hubo marchado nuestro mensajero a caballo cuando uno de los Howeitat vio jinetes ocultos en la maleza hacia el norte de nosotros.
Al instante llamaron a las armas. Mohammed el Dheilan, el primero en montar, galopó junto con otros toweiha contra el supuesto enemigo; Nasir y yo reunimos a los ageyl (cuya virtud no residía en luchar al estilo beduino con los beduinos) y los distribuimos por grupos entre las dunas para defender razonablemente el equipaje.
Sin embargo, el enemigo logró escapar. Mohammed regresó al cabo de media hora para decir que no había emprendido una persecución implacable por compasión hacia el estado de su camello. Solo había visto tres huellas y supuso que los hombres habrían sido exploradores de una partida de saqueo de los shammar que andaba por las inmediaciones, ya que solían infestar la zona de Arfaja.
Auda llamó a Zaal, su sobrino, el más agudo de todos los Howeitat, y le mandó que fuera a averiguar el número y las intenciones del enemigo.
Zaal era un hombre ágil y de complexión acerada, con una mirada audaz y evaluadora, labios crueles y una risa seca, llena de la brutalidad que estos Howeitat nómadas habían tomado de los campesinos. Se fue a reconocer el terreno; pero halló que el matorral que nos rodeaba estaba lleno de huellas, mientras que los tamariscos protegían del viento el suelo arenoso, haciendo imposible distinguir con precisión las pisadas del día.