Al amanecer avanzamos repuestos: pero el tiempo se había vuelto templado, con una negrura a través de la cual se asomaban las tristes colinas cubiertas de ajenjo.
Sobre sus laderas, las costillas de piedra caliza de esta tierra muy vieja quedaban cansadamente al descubierto. En sus hondonadas nuestras dificultades aumentaron con el fango.
Los valles brumosos eran lentos arroyos de nieve derretida: y por fin nuevos y densos chubascos de copos húmedos empezaron a caer.
Llegamos a las desoladas ruinas de Odroh en un mediodía semejante al crepúsculo: soplaba un viento que moría de forma intermitente, y bancos de nubes y llovizna de lento movimiento nos cercaron por completo.
Me desvié a la derecha para evitar a los beduinos que estaban entre nosotros y Shobek, pero nuestros compañeros de los Howeitat nos llevaron directos a su campamento. Habíamos cabalgado seis millas en siete horas, y estaban exhaustos. Los dos de los Ateiba no solo estaban exhaustos, sino desmoralizados, y juraron de forma mutinosa que nada en el mundo nos impediría ir a las tiendas de la tribu. Discutimos al borde del camino bajo la suave nevada.
Por mi parte, me sentía bastante fresco y feliz, reacio a la demora de una innecesaria hospitalidad tribal. La condición de indigencia de Zeid era un excelente pretexto para una prueba de fuerza con el invierno edomita. Shobek quedaba a solo diez millas más allá, y aún le restaban cinco horas de luz al día. Así que decidí continuar solo. Sería perfectamente seguro, pues con semejante clima ni turco ni árabe andaba por ahí, y los caminos eran míos.