Esto era magnífico, y saltamos hacia adelante, para toparnos con una profunda zanja de orillas rectas de tierra agrietada, totalmente intransitable.
Corrimos frenéticamente a lo largo de él, en trayectoria diagonal, hasta situarnos a menos de mil doscientos yardas. Al detenernos, dos de los aeroplanos se pusieron en marcha. Abrimos fuego, buscando el blanco mediante surtidos de polvo, pero ya habían recorrido su distancia y se habían marchado, oscilando y traqueteando hacia arriba en el cielo sobre nuestras cabezas.
El tercer motor andaba remiso. Su piloto y su observador hicieron girar la hélice con furia mientras nos acercábamos. Por fin saltaron a la zanja de la vía del tren mientras metíamos bala tras bala en el fuselaje hasta hacerlo bailar bajo la lluvia. Disparamos mil quinientas balas contra nuestro blanco (lo quemaron por la tarde) y luego emprendimos el regreso a casa.
Desgraciadamente, las dos máquinas escapadas habían tenido tiempo de ir a Deraa y volver, con intenciones maliciosas.
Una no era muy lista y soltó sus cuatro bombas desde gran altura, errándonos por mucho.
La otra se abalanzó en picado, colocando una bomba cada vez con el máximo cuidado.
Avanzábamos a gatas, indefensos y lentos, entre las piedras, sintiéndonos como sardinas en una lata condenada, mientras las bombas caían más cerca.
Una lanzó una lluvia de metralla menuda a través de la ranura de visión del coche, pero solo nos cortó los nudillos.
Otra arrancó un neumático delantero y a punto estuvo de volcar el coche de lado.